
Era como un umbral gigante. A un lado llueve y al otro la estufa está prendida. Ella sabe que no puede resfriarse, sabe que en este lado está la gente que ama, la única gente que la conoce realmente, pero ella ama la lluvia y no puede evitar salir.
Es paradójico que se sienta tan bien afuera. Es tanta su felicidad que llora y ni siquiera se da cuenta. Está dentro de su escenario amado, ese que esperó por toda la temporada. Ahora puede escuchar su música de invierno y vivir sus manías de invierno. Puede recordar sin sentir culpa.
Ella no duda en salir, porque el paisaje la droga totalmente. No quiere que nadie sepa quién es, prefiere ser nada.
Lo que ella no sabía era que abriendo la ventana podría unir esas dos estancias. Así no habría tenido que desechar ese calor que no quería, esos cercanos que le aburrían. De repente se vio calada hasta los huesos, con un refriado horrible y con el umbral tapado por una puerta de hielo. Sólo le queda esperar al verano otra vez y era una lata, porque si venía el verano, sólo le quedaría esperar al invierno de nuevo. Cometer los mismos errores, ya sabes.